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Política, literatura, medios

Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

Foto: © Laura Ceccacci

Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

 

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Tristán de Jesús Medina

Tristán de Jesús Medina

Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
Cubierta Minimal Bildung

Minimal Bildung

Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

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La muerte deseada

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Se me ha reprochado mostrar alegría, y hasta ansiedad, por la venidera muerte de Fidel Castro. Según su origen, es reproche más o menos exaltado. Por ejemplo, en comentario a post de hace unas semanas, alguien afirmaba que tal sentimiento es cosa de miserables. Otros reproches se mueven en términos entre crísticos y kantianos, aquello de no desearle al prójimo lo que no se desea para uno mismo. Por último, ha habido quien me ha llamado a la cautela que ha de tener quien escribe y firma con su nombre propio. «Cualquiera puede desearle la muerte a ese hijo de puta, pero no lo pongas por escrito y firmes “jorge ferrer”», se me dijo.

Cuando se me afea el mero hecho de desear esa muerte, el querer que un anciano llamado Fidel Castro Ruz deje de respirar, advierto también una extraña piedad desarrollada durante este año y pico de convalecencia. Algo he dejado dicho ya sobre el estupor que me produjo inicialmente el asunto. Sobre el cómo personas que jamás mostraron piedad alguna por fusilados y presos, no se inhiben de mostrar ahora una nuevecita y de ojos tristes por quien fusiló y encarceló.

Una confusión de afectos que revela la dificultad que experimentan los cubanos, y muchos no cubanos, para desasirse definitivamente del trasiego medieval que han mantenido con el «comandante en jefe». La manera en que comienzan a separar al anciano que agoniza con traqueotomía y adlátera bolsita de excrementos, o sin ellas, de la figura histórica, cuyo influjo en el destino de Cuba ha sido tan totalizador que difícilmente acabará cuando los beeps del monitor que muestra su frecuencia cardiaca y respiratoria se junten por fin en átono pitido.

Lo cierto es que cuando esa muerte se produzca por fin, podrán pasar muchas cosas importantes. Como podrá no pasar ninguna. Hay, por lo tanto, parejas dosis de certeza e incerteza sobre la «utilidad» del desenlace.

Pero el problema de la sobrevida de Castro –uno más de los problemas que plantea- es que distingue durante demasiado tiempo al hombre del tirano. Por muy chabacanas que sean las imágenes en el Adidas e hilarantes gestos como aquellos molinetes que hacía saliendo de ascensor, la prolongación de la sobrevida humaniza porque banaliza al déspota.

Un proceso contra el que vale precaverse. Quien agoniza en sala de la que apenas conocemos el oficinesco mobiliario y adivinamos el olor a yodo no es estrictamente un hombre. Y despojarlo de esa condición es ejercicio previo a retirar de la voz «revolución» ese aire de victoria y tragedia, de sueño y pesadilla, que le es constitutivo.

Ni el paciente es un hombre en el sentido en que lo es cualquier otro cubano, ni la revolución es esa materia irrevocable que quiso asegurar aquella enmienda constitucional.

Hay, pues, que deshumanizar al caudillo anciano, como hay que desmitificar la revolución. Precisamente, la prueba de que el primero no es eterno es argumento en favor del carácter perecedero de la segunda.

Y quien se crea que son cuestiones resueltas… Ay, ése no sabe lo que está por ver.

 

De contra:

Un Rogelio Riverón en Granma.

Deliciosos sus «probablemente» y «no te sabría decir» que siguen a ese «No, nunca» tan enfático. Guerrita de los emails y carnaval de los adverbios: dos formas de apuntar a la verdad sin darle la consabida e higiénica patada a la lata.

«¿Censurado? "No, nunca. Y probablemente tampoco me haya sentido autocensurado, no te sabría decir por qué pero he escrito con libertad".»

 

De recontra:

-Oye, jorgito, no has dicho ni mu sobre lo de la blogosfera cubana…

-No.

- La consigna es teorizar y clasificar… Como no te pongas a hablar de eso, te dejan fuera.

-Fuera ¿de qué?

-No sé… de… de eso…

-Te acuerdas de aquel judío que se marchaba a EE.UU. cuando la segunda guerra, triestino creo que era, y se encuentra a un amigo y se lo dice: «Me voy a América», y el amigo exclama: «¡A América! ¡Tan lejos!» Y el nuestro le replica: «¿Lejos de dónde?»


Precio a pagar

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Una pandilla de zarrapastrosos afganos secuestra a una piara de misioneros evangélicos llegados de Corea del Sur. Clash of Civilizations del gordo.

Como era de esperar ante reunión así de dispareja en terreno tan desapacible, no hubo ni asomo de cónclave. Nada de «Dios es Uno», así que hablemos. Nada de nos recitamos versículos y suras, comparamos gastos de tránsito al paraíso, y tan amigos en la fe.

Menos de sonrisas, los unos alardeando de sus huríes, o de palmaditas en la espalda, los otros explicando con fervor la doctrina de la predestinación según Calvino.

No, no. La cosa fue bien distinta. La religión es el opio del pueblo, pero hay parcelas del mundo donde el opio del pueblo es el opio.

Antes de subirse al avión, los beatíficos coreanos habían dejado fotico de aeropuerto. Una de ésas que se suelen tomar los estudiantes en viaje de fin de curso o los amigos de dictaduras en tránsito hacia sus bienamados destinos. En cierto sentido, la foto de estos coreanos satisface ambos supuestos. Allí aparecen bien juntos y mostrando los dientes -corderitos camino del matadero. Más: aparecen desafiantes, apretando los puñitos como apretarán después dientes y esfínteres. Uno imagina el murmullo armado con griticos asiáticos, esos inefables sonidos que pueblan las películas de Kim Ki Duk. El gobierno de su país les ha desaconsejado viajar a Afganistán. Pero ellos aprietan sus puñitos, porque son hombres libres y osados. Activistas de la Iglesia Presbiteriana de Saemmul, «agua de primavera». Cargan con su Zwinglio, su Calvino y su tolerancia. Debe bastarles.

No les bastó, ya se sabe. Al Reverendo Bae Hyung-kyu, a quien todos llamaban Mr. Smile, lo mandaron a asistir desde el cielo a la Segunda Venida.

Finalmente, los misioneros han servido a misión más urgente que la que llevaban. Ésa que se cuece en cancillerías y cuarteles generales, y tiene balcones en Youtube y Al-Jazeera.

El gobierno de Corea del Sur envió a negociadores. Medió la Cruz Roja, la misma que inspeccionaba los campos de exterminio y ponderaba el orden en ellos vigente. Y hubo acuerdo: nos llevamos de vuelta a los del «agua de primavera» y también a los soldados que representan a Occidente, se dijo en inglés con acento panmunjong. Todos fuera en una fácil retirada, porque, dice ministro de Seúl, las tropas apenas llevaron unos pocos enseres.

¿Por dónde pasa la línea que separa la responsabilidad individual de un ciudadano de la responsabilidad global de un estado? ¿Qué negligente paternalismo lleva a un gobierno a abandonar sus compromisos con la civilización occidental en aras de salvar las vidas de unos pocos cargabiblias, que viajaron hacia la muerte advertidos de su destino probable?

Periodistas en busca de una scoop, caritativos figurines de oenegés, beatíficos misioneros. Una y otra vez se los ve con la cimitarra al cuello implorando claudicaciones.

Después, abonados los óbolos, se los ve volver con coránes y yihabs. Llegan a aeropuertos, donde tal vez en ese mismo instante otros se apresten a emprender el mismo viaje y sonrían al flash, apretado el puño.

A estos coreanos, se ha dicho esta mañana que se les cobrará lo que costó liberarlos. ¿Sabrán calcular los contables de Seúl el saldo total que implica la retirada de Occidente ante el avance de la barbarie?

 

De contra: No es que haya resucitado Guayasamín, no. Es patchwork con el rostro del emperador. Los retales: fotos pornográficas. Es obra de Jonathan Yeo.


El escritor y el futbolista

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Las muertes casi simultáneas de Francisco Umbral, escritor, y Antonio Puerta, futbolista.

Umbral, autor prolífico y estandarte de una cierta literatura y un cierto periodismo españoles, deja más de ochenta títulos en los estantes de las bibliotecas. Hombre de letras en estado puro, Umbral es una pieza fundamental de la vertiente más díscola del casticismo español, situación oximorónica a la vez que constitutiva de una tradición que recoge a un González Ruano, un Gómez de la Serna, un Agustín de Foxá o un Eugenio D’Ors. Una tradición que tal vez haya muerto ayer con Umbral, porque sus epígonos dan de sí lo que pueden, que ya es poco.

El malogrado Puerta, 22 años, también murió ayer y también de una afección cardiaca que se hizo notar en un campo de fútbol. Jugaba en un club de fútbol de Sevilla. El año pasado dio una patada a un balón que esquivó los brazos de un portero, y clasificó a su equipo para jugar eso que llaman con engolado fervor una «final europea».

Cualquiera que en la noche de ayer se haya dado un paseo por la prensa digital española, o lo haga hoy mismo, notará la vulgar asimetría con que los diarios tratan ambas muertes: la del anciano hombre de letras y la del joven perseguidor de balones de cuero o de lo que sea que los hagan ahora los químicos de NIKE.

Peor aún es asomarse a la pantalla del televisor, donde llorosas muchedumbres hacen cola para decir adiós al cadáver del que corría sobre el césped.

Una desolación ante la pérdida de ese pobre muchacho que nos prepara para lo que viene el viernes: décimo aniversario de la muerte de Diana de Gales, icono del fin de siglo.

No, ¡más, qué coño!: ¡icono del fin de milenio!

Mil años enteros para acabar en esto.

Me pongo a trabajar hoy con la certeza de que si se desatara una hecatombe que acabara con esta civilización, los imposibles periódicos de la mañana siguiente no lamentarían la pérdida de lo poco que valdría la pena recordar.

 

De contra: Cortesía de El Mundo, donde Umbral escribía una columna diaria desde hace quince años bajo el epígrafe Los placeres y los días. Antes, hasta 1988 escribió para El País la serie Spleen de Madrid.

Todas las columnas que escribió desde 1994, están disponibles y ordenadas ahora en la web de El Mundo, único periódico que sacó hoy a los quioscos primera plana ajustada a los méritos de los difuntos.

LOS PLACERES Y LOS DIAS

Mi largo viaje a la derecha

FRANCISCO UMBRAL
Los niños españoles nacíamos falangistas como los niños moros nacen moritos. Era una cosa de la raza, cruzada con la política, que solía dar buenos resultados y gitanillos como El Lute, que ahora sale en este periódico muy honrado y bien elegido. Pero los niños, a pesar del franquismo y de la guerra ganada, no nacíamos de derechas ni de izquierdas, sino que ya éramos, en el vientre de la joven madre, unos hijos de la calle, la primera generación libre y libertaria que despuntaba en España, una cosa que la gran derecha no deseaba en absoluto porque aquellos señores iban a perpetrar una República, la II, y fuera del Ateneo no lo veían nada claro. Sólo los artículos de Ortega les fertilizaban un poco para poner bombas.

En mitad de este no ser una cosa ni otra, que le hubiera encantado a Sartre para escribir siempre contra sí mismo, ocurre que nací yo en una familia de izquierdas y tuve que iniciar en seguida mi largo viaje a la derecha, donde me estaban esperando los abuelos hidalgos y con título, los espejos requemados y lampasados del salón y, en fin, mi largo viaje a la derecha, que es el que metía a los falangistas en casa. Recuerdo a uno con esa cara de Fidel Castro que tienen todos los revolucionarios. Mi primo y yo jugábamos y dibujábamos con papeles, pero de pronto me eché a llorar porque mi primo mayor robaba siempre los lapiceros largos y a mí me quedaban solamente los de punta gastada. Era un pleito entre hermosos segundones, hasta que el falangista de turno cogió el lápiz largo, lo partió en dos y nos dio una mitad a cada uno.

Comprendí de golpe que eso era la revolución, lo que había vuelto revolucionario a José Antonio. Ya tenía yo mi programa político completo: tirar siempre a la derecha y romper muchos lapiceros. Los lapiceros eran para nosotros, niños revolucionarios, los molinos de Don Quijote. Pero aquel falangista amigo sin duda me encontraba todavía aspecto de lapicero mal afilado, de fascista sin apenas puntera, y me llevó al Retiro a montar en los autos de choque (entonces había: ahora sólo hay mamporreros que siguen buscando a Pío Baroja a media tarde, cuando pasea, para darle una pasada por rojo). Estas excursiones antibarojianas y otras aventuras impropias consiguieron hacer de mí un anarquista guapo, pues los anarquistas que salen feos tienen que ponerse al margen de la Historia a vender relojes parados en el Rastro.

Lo cual que Azaña y Franco nunca se llevaron bien. Don Manuel argumentaba con el militarismo francés, que había estudiado largamente en París, y Franco seguía muy puesto en el machismo académico de los Tercios de Flandes.

Cuando, en plena República, Franco salía de ver a Don Manuel pensaba asimismo que estos señores que van de gris no harán nunca la revolución pendiente, de modo que la hicieron ellos, los franquistas africaners, para que hoy la continuase Zapatero desmontando por el aire el caballo más inteligente de la Guerra Civil. La revolución la hizo Utrera Molina, según nos cuenta este periódico y según me ha contado a mí Utrera cuando viene de Málaga a echar versos (todo falangista lleva de relleno un poeta). Y un lapicero.

 

De recontra: En 20minutos, buena parte de los trailers de las películas en concurso en la Mostra de Venezia que comienza hoy su 64ª Edición.

Ojo con esa Nightwatching de Peter Greenaway, que recomiendo vaya acompañada de lectura previa del soberbio Los ojos de Rembrandt de Simon Schama.


Perro y profeta

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Lars Vilks, un tipo muy peculiar al que algunos llaman el Theo Van Gogh sueco, ha despertado las iras de los musulmanes. El guión es conocido. Representación irreverente del profeta del Islam y clamor de los ofendidos. De nada vale que se les explique que en las sociedades libres y laicas, los ciudadanos podemos mofarnos de iconos, ídolos e idolillos cuanto nos plazca. El fanatismo carece de sentido del humor.

También del sentido de la medida. Así, el gobierno de Irán convocó hoy a una diplomática sueca para exigirle que el Gobierno de Suecia condene la aparición de la viñeta de Vilks en el diario Nerikes Allehanda.

Alentados por el genuflexo comportamiento de los europeos cuando el Jyllands Posten publicó aquella docena de caricaturas en diciembre de 2005, los guardianes de la fe confían en obtener cumplida satisfacción. Lo tienen algo más difícil, porque Jacques Chirac, «El Gran Apaciguador», ya ha pasado a mejor vida (política).

A Theo Van Gogh lo degollaron en Ámsterdam por aquella magnífica Sumisión que hizo junto a Ayaan Hirsi Ali. En realidad, lo mataron por gozar de la libertad y ejercerla.

Lars Vilks haría bien en esconderse en lo más profundo de Ladonia, país imaginario en cuya invención trabaja desde hace años. Él sabe bien del odio que despiertan los perros entre los fanáticos seguidores de Alah y su profeta. De hecho, enlaza a estas hadices desde su web.

Y sabrá también que mayor aún es el odio que profesan por los infieles o kafir (كافر), o sea, cualquiera de nosotros.

Por lo pronto, constato que la Ladonia de Vilks carece de ciudadanos de origen cubano, así que presentaré hoy mismo mi solicitud. Al menos, en un país imaginario tendríamos la posibilidad de escapar del vigente gusto por el apaciguamiento.

UPDATE:

No es mala ocasión, ninguna lo es, de recordar la mencionada Sumisión (2004).

UPDATE:

Rosa Regàs acaba de desmentir al ministro de cultura que promovió su cese de ayer. El ministro le dijo que no había hecho nada en tres años como directora de la Biblioteca Nacional de España. Y la Regàs decidió que tenía que marcharse.

La del ministro César Antonio Molina es una afirmación que uno debe cuidarse de hacer. Demasiado rotunda para calificar tres años enteros. No es de sorprender que la aludida lo desmienta con pareja contundencia.

He aquí el balance que hizo de esos tres años de cargo en entrevista concedida hoy a EFE:

"Regàs se lleva buenos recuerdos de estos tres años, entre los que destaca el momento en el que tuvo estructurado su equipo directivo, el concierto de hip-hop que acogió la Biblioteca o la colocación del busto de Antonio Machado, el único que hay en Madrid de él. "Pero, sobre todo, el éxito de que a la copa navideña de mi primer año acudieron 200 personas y en el último año pasábamos de 700", concluyó."

Tal es su balance. Uno se pregunta si no hay algún mecanismo jurídico que permita, leídas esas declaraciones, obligarla a devolver los cuantiosos emolumentos que cobró durante los mencionados años.

Al menos, que se gane la vida voceando su odio cerril a la derecha política y su rendido amor a los dictadores llamados de izquierda. También por eso se pagan cuantiosos sueldos.


La "Operación Chibás" de Eliades Acosta

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Eduardo Chibás ha reaparecido por estos días en La Habana en ocasión del centenario de su nacimiento. Vino con su traje de dril blanco y su último discurso, el del aldabonazo con pistoletazo. Lo han paseado por periódicos y radios. Un hombre ante un micrófono, como si lo rehuyera y lo amara. Un suicida con todas sus erres arrastradas y el histérico pathos de sus arengas.

El pasado sábado se presentaron, de una vez, tres libros sobre el líder ortodoxo: Vergüenza contra dinero, de Ramón Rodríguez Salgado, La ortodoxia en el ideario americano, de Elena Salgado, y Chibás, el gran cívico, de Luis Díaz Rodríguez y Doris Era González.

El regreso de Chibás vino apoyado, primero, no por imprevisibles menos predecibles muletas: Armando Hart y Max Lesnik.

Y ayer, el propio Fidel Castro salía a contar su pasado ortodoxo –¡y mira que da gracia escribir “pasado ortodoxo” a propósito de Castro I!– y a enmarcar con sus propios y juveniles méritos fotico del malogrado político.

Uno podría pensar que estamos ante un eslabón más en la recuperación de la memoria republicana iniciada ya antes desde el Ministerio de Cultura. Ante un nuevo paso en la estrategia de gestión del pasado que conduciría a lo que Rafael Rojas ha llamado «la memoria pacificada». O sea, un espacio de cohabitación de nombres que sirva para integrar a la epopeya nacional del poscastrismo -sea en términos de belicismo antiimperialista o de complacencia con un pasado de pluralidad política obliterado hasta ahora, o ambos-, la tradición de una República de largo recorrido en la que se inscriban la Revolución del 59 y la Cuba del poscastrismo.

Así, ya antes habíamos asistido al regreso de autores silenciados durante largos años de castrismo. Eugenio Florit, Rafael Esténger o, significativamente, Jorge Mañach y Lydia Cabrera se habían publicado en la Habana.

La «Operación Chibás», sin embargo, tiene un cariz que difiere de aquellos movimientos meramente bibliográficos. Ya no se trata de una ampliación del canon literario o de ensanchar el corpus de lecturas admitidas. Ahora asistimos a una operación de calado eminentemente político: la política que diseña Eliades Acosta desde su despacho en el Comité Central del PCC al que llegó como jefe del departamento de cultura el pasado mes de febrero.

Ya antes, durante sus años en la Biblioteca Nacional, Acosta se había mostrado celoso guardián de las esencias y hábil muñidor de tradiciones. Lector de Hobsbawm, sabe que las tradiciones se inventan y acomodan, que son materia fundante de legitimidades. Y el poscastrismo, que será régimen autoritario ya no basado en la figura carismática de un líder, precisa de fundamentos más amplios que los de la tiránica presencia del cacique.

Acosta inició la «Operación Chibás» muy poco después de sentarse en la silla con chapita de inventario que pone CC PCC.

Ya el 10 de mayo visitaba a Pastorita Núñez, para echarle un vistazo a la mascarilla mortuoria del ortodoxo y arrancarle a la secretaria de Los Pocitos esta declaración: «Chibás no era anticomunista, sino contrario a la conducción que tenía entonces el Partido Comunista. Hoy estaría -y lo digo yo, que lo conocía como pocos- defendiendo los lineamientos de Fidel, al que nada lo puede llevar a comer Mc Donald».

Unas palabras que contienen todo lo que Acosta quiere de Chibás, al que llama "vertical precursor". Desmontar su anticomunismo, para integrarlo sin esa molesta rémora en la tradición inventada. Presentarlo como fidelista en festinado ejercicio de If-history. Vindicar su austeridad y su antiimperialismo, elementos de su arenga que son los mismos con que se arenga hoy a los cubanos.

Un Chibás a medida que han ayudado a recrear todos los oradores que han intervenido en estos días de celebraciones. (Apenas uno se alejó del trillo: el inefable Max Lesnik, quien aprovechó la ocasión para recordar que el ortodoxo Eddy llamaba a disparar por la espalda a quienes acudían a la Embajada americana en La Habana.) El propio Acosta cerró así su intervención: «En el año del centenario de su natalicio, resuenan hoy las últimas palabras de Eduardo Chibás dirigidas al pueblo de Cuba. Permítanme parafrasearlas, para concluir: "Cultura revolucionaria cubana, cultura martiana, humanista y universal, cultura nacional que nos define y enorgullece: ¡levántate y anda!"»

Eliades Acosta ha demostrado ser el hombre necesario para diseñar una batalla de ideas distinta. Ya no la que se juega en torno a un Elián, sino la que dirime cuál ha de ser la memoria de un país que se adentra en aguas procelosas. La que pretende ganarse a una juventud que desoye los llamados a reconciliarse con su destino de sometimiento y pobreza. Una guerra que el propio Acosta dice se libra en los archivos.

Por eso no fue al Museo de la Revolución que llevaron la máscara donada por Pastorita Núñez, sino al Archivo nacional. Aunque se siga y se seguirá hablando de revolución, la tradición que se aprestan a fabricar los funcionarios a las ordenes de Raúl Castro es una basada en un patriotismo más amplio. De la misma manera que a principios de los noventa el discurso de legitimación del régimen se movió del espacio del marxismo-leninismo hacia el nacionalista-martiano, ahora ya se atisba que los nuevos tiempos requerirán de legitimaciones más ecuménicas.

No sé cuánto alcance a hacer Acosta en estos menesteres para los que luce tan apto. Un historiador sectario y patriotero, un hombre público que denuncia sin rubor la existencia de una Anti-Cuba, a saber, la constituida por los intelectuales del exilio cubano. Su sola elección para ese cargo de sabor estalinista, y los apoyos que ha demostrado tener en esta su «Operación Chibás», son muy malos augurios para la mencionada «pacificación de la memoria».