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Política, literatura, medios

Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

Foto: © Laura Ceccacci

Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

 

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Tristán de Jesús Medina

Tristán de Jesús Medina

Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
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Minimal Bildung

Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

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Réditos de la Revolución, y II (con Ivan Bunin)

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Las revoluciones son también la eclosión del odio y la vulgaridad. Hay pocos testimonios que lo pongan en evidencia con la fuerza y el dolor con que lo hizo Iván Bunin.

Un Bunin a quien la ascensión de los rojos al poder convirtió en reo de dos obsesiones sucesivas. La primera, soñar que fueran derrotados por el Ejército blanco. La segunda, marchar cuanto antes al exilio.

La soñada derrota no se produjo, como es sabido. Escapar a Europa occidental le llevó dos años enteros a Bunin. Los vivió a medias entre Moscú y Odessa, mientras asistía a la destrucción del Antiguo Régimen, en aras de la consecución de una dictadura. Dos años en los que Bunin fue testigo -humillado y alelado- del avance del hambre y el terror. El terror rojo. Dos años en los que supo, y no dejó de repetir, que los verdaderos culpables del caos eran los intelectuales rusos, los mismos que habían azuzado al pueblo, primero, y lo adulaban ahora. Los retratos de Gorki, Maiakovsky o Esenin son demoledores.

Este diario de una revolución es joya mayúscula. Escrito en secreto, Bunin consiguió llevarse a Francia el grueso de sus apuntes, que publicaría muchos años después. Esta es la primera ocasión en que se traduce al español, empresa de la que me congratulo doblemente: como lector y traductor. (UPDATE: un lector me informa de la existencia de traducción anterior de los Días malditos. Véanse los detalles abajo.)

Agradezco a El Acantilado la cortesía de ceder este fragmento de Días malditos (Diario de una revolución) a los lectores de El Tono de la Voz.

En El Acantilado; en La Central; en Casa del Libro

 

Días malditos

(fragmento)

Por Iván Bunin

17 de abril

«El antiguo régimen, podrido hasta la raíz, ha caído para siempre… El pueblo, animado de un espíritu ardiente y espontáneo ha derrocado irremisiblemente a los Romanov…». Si eso es efectivamente así, entonces ¿cómo es que, desde los primeros días de marzo, todos parecen haberse vuelto locos, horrorizados ante la perspectiva de una reacción que conduzca a la restauración?

«Honor al loco que insufle a la humanidad un sueño dorado…». ¡Cuánto le gustaba a Gorki gritar esa frase! Y pensar que el tal sueño no consiste en otra cosa que en romperle la cabeza al patrón, vaciarle los bolsillos y convertirse en un canalla todavía peor que él.

«Las revoluciones no se hacen con guantes blancos…».

Entonces, ¿por qué os molesta que la contrarrevolución se haga con mano de hierro?

«¡Consuélate! ¡Mayor aún es el dolor de todo Jerusalén!».

Permanecí en la cama con los ojos cerrados, hasta la hora del desayuno. Estoy leyendo un libro sobre Sávina. Nada especial me movió a elegirlo. Simplemente, hay que hacer algo y ahora ya da lo mismo qué hacer, toda vez que la principal idea que nos domina es la de que esto no es vida. Y, además, insisto, la agotadora sensación de espera, nuestro convencimiento de que las cosas no pueden continuar así, de que alguien, o algo, tendrá que acudir por fin a socorrernos, sea mañana, pasado mañana, ¡o tal vez, esta misma noche!

La mañana estuvo gris. Después del mediodía, comenzó a lloviznar. Y, por la noche, ha diluviado. He salido en dos ocasiones a presenciar cómo celebran el Primero de Mayo.

Tuve que obligarme a hacerlo, porque tales espectáculos me revuelven el alma, literalmente. «Es como si percibiera físicamente a la gente», anotó Tolstoi sobre sí mismo en una ocasión. A mí me sucede lo mismo. No comprendían esa sensación de Tolstoi, como tampoco la comprenden en mí. Y es por ello que se sorprenden de mi pasión, de mi «parcialidad». Todavía ahora, para muchos, «pueblo» y «proletariado» son meras palabras. Para mí, en cambio, siempre han sido ojos, bocas, voces; para mí, un discurso en un mitin es todo el ser que lo pronuncia.

A mediodía, salí a dar una vuelta. Caía una finísima llovizna y me encontré un montón de gente reunida en la plaza de la Catedral. No obstante, los asistentes admiraban toda aquella farsa con rostros inusualmente aburridos. Naturalmente, hubo procesiones encabezadas por banderolas rojas y negras, como hubo también algunas desvaídas carrozas ornadas con flores de papel, cintas y banderas, sobre las que viajaban actores y actrices, vestidos con trajes de operetas populares, que cantaban para consolar al «proletariado». Había también tableaux vivants que representaban «la fuerza y la belleza del mundo obrero», comunistas abrazados «fraternalmente», «severos» obreros enfundados en chaquetas de cuero negro y «pacíficos campesinos». En definitiva, había todo lo necesario, toda la puesta en escena ordenada desde Moscú por el reptil de Lunacharski.

¿Dónde, por fin, se halla, para algunos bolcheviques, la frontera que separa, por una parte, el más vil menosprecio de la chusma, la más asquerosa compra de sus almas y sus vientres, y, por otra, cierta dosis de sinceridad y exaltación nerviosa? ¡Qué desequilibrio y qué exaltación se aprecian, por ejemplo, en Gorki! Recuerdo, en alguna Navidad en Capri, cómo decía (con énfasis en las «o», a la manera de Nizhni Novgorod): «Esta noche, chicos, tenéis que ir a la piazza; allá, el diablo se lo lleve, el público se dispone a hacer cosas extraordinarias: toda la piazza comienza a bailar, ¿comprendéis?, los chiquillos lanzan tremendos alaridos, hacen estallar petardos en las narices de los más honorables comerciantes, se ponen a dar vueltas de carnero, soplan mil silbatos… Y habrá, ya lo veréis, procesiones de artesanos la mar de interesantes, y escucharéis maravillosas canciones populares…». Y diciendo esto, las lágrimas asomaban a sus ojos verdes.

Poco antes de anochecer, me acerqué a la plaza de Catalina la Grande. El ambiente era sórdido y húmedo. El monumento a la zarina estaba envuelto de pies a cabeza con toda suerte de trapos sucios y húmedos, atado con sogas y cubierto de estrellas rojas de madera. Y frente al monumento, la sede de la policía política; sobre el asfalto mojado, se reflejan las banderas rojas que la orlan; unas banderas especialmente repugnantes debido a la flacidez que les ha impreso la abundante lluvia y al color sangriento que tiñe su reflejo en los charcos.

Por la noche, media ciudad queda en penumbras: una nueva burla, un nuevo decreto: que nadie se atreva a utilizar la luz eléctrica, por mucho que esté disponible. En cambio, no hay forma de encontrar queroseno o velas, así que sólo en algunos lugares, a través de los postigos, se adivinan pobres y crepusculares llamitas, salidas de improvisados candiles. ¿Quién es el responsable de esta burla?

Sin duda, el pueblo, porque se la perpetra en favor del pueblo.

Me viene a la memoria un anciano obrero que estaba parado frente a las puertas del edificio que había albergado al periódico Novedades de Odessa, el día de la instauración del poder bolchevique. De pronto, salieron en estampida por las mismas puertas los chiquillos que cargaban montones del periódico Noticias, recién salido de las prensas, y voceando el titular: «¡Se impone una contribución de 500 millones de rublos a los burgueses de Odessa!». El obrero carraspeó y se atragantó de rabia: «¡Es poco! ¡Eso es poco!». No hay dudas de que los bolcheviques constituyen el verdadero «gobierno de obreros y campesinos». Ellos «materializan los más recónditos sueños del pueblo». Y ya se sabe cuáles son los «sueños» de ese «pueblo» al que corresponde ahora gobernar el mundo y guiar el curso de toda la cultura, el derecho, el honor, la vergüenza, la religión y el arte.

«¡Ni anexión, ni contribuciones impuestas a Alemania!». «¡Muy bien! ¡Eso es justo!». «¡Quinientos mil millones de contribución impuesta a Rusia!». «¡Eso es poco! ¡Eso es poco!».

Los «izquierdistas» achacan todos los «excesos» de la revolución al antiguo régimen. Los miembros de la Centurias Negras, a los judíos. ¡De ello resulta que el pueblo no tiene ninguna culpa! Mientras, ese mismo pueblo se ocupará después de echar las culpas a los vecinos y a los judíos: «¿Y yo qué he hecho? Pues, lo mismo que todos. ¡Los judíos! Ellos fueron los que nos llevaron a esto…».

19 de abril

Salí a dar una vuelta para despejar la mente y aproveché para comprar provisiones. Dicen que van a cerrar todos los comercios y que no habrá nada que comprar. Y, efectivamente, en los puestos que aún no han cerrado, apenas queda algo en venta, como si todo hubiera desaparecido.

Por pura casualidad, encontré queso fresco en un puesto de la calle Sofiiskaya. El precio era exorbitante…

Traducción de Jorge Ferrer

 

De contra: ¡Cuánto tengo que esperar para que Playboy.fr suba las fotos de Juliette Binoche? Entretanto, en Barcelona resulta imposible comprar el número corriente de la Playboy francesa. ¿Algún lector desde Francia se apiadaría de mí? Avise a eltonodelavoz@gmail.com, svp, y le anoto mis señas postales…


Réditos de la "Revolución"

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Llegará el día en que se acabe la revolución en el poder. Un día en el que tras meses, semanas o, incluso, unos pocos días de tránsito, la palabra «revolución» deje de ser el mantra que nombra lo que padece Cuba. Esa fábrica de sueños y pesadillas, con perdón de Adolph Zukor.

Llegará el día en que la «Revolución» pasará a convertirse en mero objeto de estudio. Será apenas un «hecho» histórico, uno que manejarán politólogos e historiadores del mañana con la misma aséptica distancia con la que abordan las revoluciones francesa, rusa o mejicana, por ejemplo.

La «Revolución» será historia y discurso. Motivo de reconstrucción documental. Objeto museable.

Entre las cosas que quedarán –además de una memoria cargada de dolor, de amplias zonas de rencor- estará un medio siglo de papel y celuloide.

Intenté imaginarlo así el pasado domingo. Imaginarlo como ruina o vestigio. Darle categoría de ánfora y paladear el aceite. Dediqué una larga hora de la tarde a ver una colección de documentales de Santiago Álvarez, He Who Hits First, Hits Twice. The Urgent Cinema of Santiago Alvarez. Es regalo de mi estimada Ariana Hernández-Reguant, felizmente nada chamuscada, aunque sí un tanto ahumada, por los fuegos que asolaron San Diego.

Veo que en Amazon anda por los 250 dólares la copia, de manera que ya ha ido adquiriendo precio de trocito de mosaico de Rávena.

Panfletos visuales armados con pericia técnica que adquiere a ratos categoría magistral, los documentales de Santiago Álvarez son cualquier cosa menos prescindibles. Como a nadie se le ocurriría prescindir de los documentales de Vertov, el cine de Eisenstein, la prosa de Ehrenburg, el diseño de Tatlin o la poesía de Mayakovski.

Cuando haga mañana su catálogo de maravillas, una cultura de envergadura tan modesta como la cubana debería cuidarse de justipreciar todas las zonas del arte de la «Revolución». Desasirse de maniqueísmos alimentados hoy por el encono que genera la «Revolución» actuante para felicitarse por las escasas perlas que su propio élan, entroncado con su tiempo, alentó.

Habría que desearle que descanse en paz a esa «Revolución», por mucho que se le desee arder en el fuego eterno a su animador en jefe. Y felicitarse por lo que su radical impronta deja a la cultura cubana con la misma notarial impasibilidad con la que se tomará acta de sus crímenes. Contar sus réditos y anotarlos en la columna de los haberes.


Defensa de Héctor Palacios

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A Teresa Cruz, miembro de la Junta de Directores de la Fundación Nacional Cubanoamericana, le han disgustado las dudas acerca de la entereza de Héctor Palacios y Gisela Delgado, dos reconocidos disidentes cubanos, aparecidas a raíz de su viaje a España el pasado viernes para que el primero reciba atención médica.

Teresa, recordará quien tenga memoria, fue la delegada de la FNCA a reunión disidente en La Habana, que resultó devuelta por las autoridades cubanas desde el propio aeropuerto. No fue ése, sin embargo, el único viaje que realizó a Cuba en nombre de la Fundación.

He defendido siempre que la actuación y los discursos de los opositores cubanos se han de juzgar como lo que son: actos y discursos políticos. Una postura que genera resistencias en quienes creen que la condición de perseguidos y acosados por la policía política castrista los exime de la crítica.

Así, recuerdo -siempre es buena ocasión para recordar a los censores: los de allá y los de aquí- cómo Encuentro en la red, diario digital que aparece en este mismo portal, censuró artículo que les envié a propósito de la condecoración de Elizardo Sánchez por la DSE.

Es, por tanto, debate que como cualquier otro, me parece legítimo y necesario. Estéril y mendaz, sin embargo, cuando viene mediado por el sempiterno «síndrome de la sospecha» o por el mero afán de deslegitimar a quienes se oponen a la dictadura dentro de Cuba. Y pagan con la cárcel, la enfermedad y la muerte lo que nosotros pagamos con el destierro.

 

Héctor Palacios: oposición y represión

Por Teresa Cruz

New Jersey

En varios viajes de trabajo que hice a Cuba en representación de la Fundación Nacional Cubano Americana, de cuya Junta soy miembro, visité a muchos disidentes y opositores, además de la redacción de la Revista Vitral y otros lugares. Algunos viajes eran muy cortos para evitar que detectaran los contactos, pero en otros tuve la necesidad de convivir con la oposición. Este trabajo se interrumpió cuando me regresaron desde el aeropuerto de La Habana, en ocasión de un intento de participar como observadora en la Asamblea para Promover la Sociedad Civil en el 2005.

Al convivir con la oposición -durmiendo en sus casas, viajando con ellos, participando de sus actividades diarias-, comprobé lo que ya sabía, a saber, que sus recursos económicos son muy limitados, que viven en circunstancias precarias. Los opositores nunca sabían cuándo yo aparecía, ni cuándo me iba. Hay que ver las circunstancias en que vive Marta Beatriz Roque Cabello y lo acorralada que está, dado el emplazamiento de su casa.

Doy esta explicación, porque soy testigo de la situación en que luchan los opositores y a título personal, quiero informar detalles de la vida de Héctor y su familia en Cuba.

Mi compatriota Héctor Palacios Ruiz está en España para tratar de mejorar su salud quebrantada por la prisión y la lucha incesante contra la tiranía desde que decidió escoger ese camino sembrado de incomprensión, dificultad, represión y aridez.

La aridez de la incomprensión; las formas de esta difícil lucha en un campo minado por el poder de la familia Castro que ha abandonado, desde el principio, la tarea de todo gobernante: mejorar la vida de sus conciudadanos y ofrecerles las opciones para vivir dignamente. Héctor Palacios Ruiz ha optado por luchar por un cambio hacia la democracia: una tarea que implica enormes sacrificios personales y un costo material y emocional enormes.

Si como se dice en comentarios publicados a raíz de la entrevista publicada en Encuentro en la red, Héctor vivía con prebendas, él las dejó a un lado para trasladarse al terreno de esa otredad peligrosa que es en Cuba el terreno de la oposición o la disidencia.

Héctor ha sufrido el ostracismo del régimen y la represión en el alma de su hija por matrimonio, Giselle, y de su madre. Sin hablar de la represión contra Gisela, en cuya casa se iniciaron las reuniones de las Damas de Blanco, en una de las cuales participé. Venían del interior del país y había que acomodarlas en la casa para que pasaran la noche.

En la Primavera Negra de La Habana, cuando se desató la razzia que comenzó precisamente en el apartamento de Héctor y Gisela con treinta militares armados que invadieron su casa para revolver y destruir papeles, libros, revistas y un viandero vacío, excepto por tres papas, otros agentes de la policía política, en esos mismos instantes, irrumpían en la casa de su madre octogenaria para registrar, revolver sus limitadas pertenencias, buscando alguna evidencia que justificara la condena a Héctor, que ya estaba impuesta. Mientras, un médico y un oficial le ofrecían a María dinero y medicinas para «ayudarla» en aquella «situación». Dinero y medicinas que rechazó esta digna cubana que vive de un mínimo ingreso y de los huevos que dan las gallinas que cría en el patio de su reducida casa. Y les dijo que no podía aceptar ninguna ayuda de las mismas personas que encarcelaban a su hijo por pensar de forma diferente.

A su hija Giselle comenzaron a asediarla en el preuniversitario donde estudiaba. Primero, el director que fue a su aula para hablar de los «vendepatrias» delante del resto de sus compañeros. Poco después, se reunió con ella la profesora que Giselle más quería para pedirle que renegara de su madre y de su padre. Giselle contestó valientemente. No fueron sólo el desconcierto y el dolor en su corazón los peores azotes de la represión, sino el hecho de que su maestra más querida le pidiera que abjurara de sus padres.

Muchas más cosas sobre la represión contra esta familia se me quedan en el tintero: los actos de repudio frente a la casa de dos mujeres solas, mientras el esposo y padre estaba a kilómetros de distancia en una celda mínima, por ejemplo. Y hay más.

Yo no vi la celda de Héctor, pero si estuve en la entrada de esa prisión en Pinar del Río, donde se espera para pasar a la visita o para dejar la jaba. Hay capas de suciedad en las mesas y olor a heces fecales humanas, y no porque los visitantes hayan abandonado sus costumbres higiénicas -somos uno de los pueblos que más se cuida de la higiene- si no porque el servicio sanitario estaba desbordado y cuando limpian -lo hicieron estando yo allí- pasan una escoba por el piso –o mejor: la arrastran. Lo hacen a la vez por el piso y las mesas. Ésa es la limpieza. Tan solo alcanzo a imaginarme cómo sería la celda.

Hasta allí llegué con Gisela Delgado y Elsa, la esposa de Arroyo, para que Héctor supiera que si no podía llegar hasta su celda, al menos llegaba hasta las puertas de la prisión. Pasé varios días en casa de Héctor. Nada había para comer y no crean que aporté mucho: todo lo que se recauda para la oposición apenas alcanza para transportarse y desarrollar el trabajo. En el caso de los presos, apenas para llevarles alimentos. El alto costo de la vida en Cuba hace de estas tareas trabajos de Hércules.

Cuando en esos días fui a ver a María, la madre de Héctor, la encontré preocupada pero firme, alegre por la visita. No hacía yo más que una mínima contribución, pues nuestro deber es estar presos con ellos, aunque aun en el exilio no seamos totalmente libres. Allí solo había lo mínimo para alimentarse, y el cariño de algunos vecinos fieles, el cuidado de José, hermano de Héctor. De lo que sí no había era de prebendas, ésas de las que Héctor estaría disfrutando, según comentarios que leo, si no hubiera escogido este camino.

Estuve en su casa, un mes y unos pocos días antes de su arresto en 2003. Con mucha calma, con el sosiego que le es habitual, me dijo que se acercaban días muy difíciles para la oposición. Héctor Palacios no rehuyó esa dificultad, no cesó en su empeño, hasta que se lo llevaron para las ergástulas. Hablamos hasta la madrugada. Él le mando a mi esposo Tony y a Remberto Pérez unos tabacos, regalo de unos campesinos del Escambray y llenó con eso de alegría mi casa: tener en nuestras manos tabacos de Manicaragua, torcidos por unos campesinos que cultivaban un metro de tierra, era otra expresión de libertad.

En todas las ocasiones en las que hablé con Héctor personalmente o por teléfono, su voz era firme y su cuerpo sólido, a pesar de que ya sufría malestares. Héctor es un hombre gentil, muy agudo, extremadamente inteligente, vacío de odios y con un gran amor a Cuba. Da gusto sentarse en la casa de Gisela y Héctor, en ese sillón de su familia al que le falta un brazo, inclinarlo hacia el balcón y ver como los helechos se enredan dibujando fantasías en el aire puro de esta casa donde viven unos de los seres más libres del mundo. Libres de una libertad que se paga con las rejas.

Ahora su voz sale entrecortada por las isquemias, y falta oxígeno en su sangre. Se lo nota débil y ha aumentado de peso por la falta de ejercicio en la prisión, lo que conlleva a más falta de oxígeno y a la imposibilidad que padece de hacer mínimos esfuerzos físicos. Héctor sufre intensos dolores.

Héctor es el mismo hombre de valentía serena que inició su lucha en esta guerra civil atípica que requiere estrategias y tácticas nada convencionales. A los soldados, en las guerras, se trata de recuperarlos físicamente para reintegrarlos al combate. Y esta es una guerra, por medios pacíficos, pero una guerra en la que los opresores sí tienen las ventajas de los chequeos médicos y la restauración física.

En la casa de Héctor y Gisela, la única joya que encontré fueron esos helechos enroscados en el balcón y vigilados desde el otro lado de la calle por miembros de las Brigadas de Respuesta Rápida. La historia de la represión contra los opositores no está aún escrita y no se conoce totalmente. Ojalá un día podamos hablar todos en paz sobre estas cosas en cualquier sala de cualquier cubano y podamos entendernos.

A eso aspira esta familia: a que todos participemos. Lo demuestra en su entrevista, en la que como hombre de honor agradece las gestiones a su favor sin dejar de criticar la postura del Gobierno de España.

Una vez más, Héctor Palacios pone el interés nacional por encima del interés personal.

Mientras tanto, ante ti, Héctor, ante ti, Gisela, y ante su familia, yo me quito el sombrero, como dicen en Madrid.

En la fotografía, tomada en el patio del Obispado de Pinar del Río, aparecen, de derecha a izquierda, Dagoberto Valdés, exdirector de la revista Vitral, Teresa Cruz, Gisela Delgado y un colaborador de la revista Vitral. La foto fue tomada de regreso de la visita a la prisión en la que se hallaba recluido Héctor Palacios.


Passage de Rasputin

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En la esperanza de que el Joseph Brodsky de la Marca de agua con la que ya voy acabando no se entere de este post de domingo, les cuelgo aquí momento más que freak.

Me lo recordó César Mora, sabedor de mi enfermizo interés por los momentos del passage Este-Oeste. Los esclavos a quienes se permitía franquear el Muro en los años de la Guerra fría.

Los Boney M, por ejemplo, quienes cantaban esta desternillante Rasputin, y produjeron una escena de veras extraordinaria: cuatro mulatos del Caribe, convertidos en icono de los setenta gracias al talento de un productor alemán, bailoteando junto a la larga fila de turistas que aguardaban turno para verle la cara de ceniza a Vladimir Ilích Lenin.

 

Lectura dominical:

MARCA DE AGUA

Apuntes venecianos

Joseph Brodsky

(continuación; partes primera, segunda, tercera, cuarta y quinta)

…Un objeto, en definitiva, es lo que hace del infinito algo privado.

Y el objeto puede ser un pequeño monstruo, con la cabeza de un león y el cuerpo de un delfín. Este último se retuerce; el primero rechina los colmillos. Podría adornar una entrada o, simplemente, sobresalir de una pared sin ningún propósito aparente, cosa que lo haría asombrosamente reconocible. En cierto oficio, a cierta edad, nada es más fácil de reconocer que la falta de propósito. Lo mismo reza para la fusión de dos o más rasgos o propiedades, por no mencionar los géneros. En conjunto, todas esas criaturas de pesadilla -dragones, gárgolas, basiliscos, esfinges con pechos de mujer, leones alados, cerberos, minotauros, centauros, quimeras- que nos llegan de la mitología (la cual, por derecho propio, debería tener el estatuto de surrealismo clásico) son nuestro autorretrato, en el sentido de que denotan la memoria genética de la evolución de la especie. Pequeñas maravillas que aquí, en esta ciudad surgida del agua, abundan. Tampoco en ellas hay nada de freudiano, de subconsciente o inconsciente. Dada la naturaleza de la realidad humana, la interpretación de los sueños es una tautología y, en el mejor de los casos, sólo se podría justificar por la relación entre la luz del día y la oscuridad. Es improbable, sin embargo, que este principio democrático sea eficaz en la naturaleza, donde nada disfruta de mayoría. Ni siquiera el agua, aunque lo refleje y lo refracte todo, incluida ella misma, alterando formas y sustancias, a veces amablemente, a veces monstruosamente. Eso es lo que explica la calidad de la luz de invierno aquí; es lo que explica su cariño tanto hacia los monstruitos como hacia los querubines. Es de presumir que también los querubines formen parte de la evolución de la especie. O del otro camino, el que da un rodeo, porque si se hace el recuento de los que hay en esta ciudad, superarán en número a los nativos.

Sin embargo, los monstruos llaman más la atención. Si no por otra cosa, porque el término nos ha sido aplicado con más frecuencia que el otro; o porque, de este lado, sólo se llega a tener alas en la fuerza aérea. Nuestra conciencia culpable tiene que bastar para identificarnos con alguna de esas invenciones de mármol, bronce o yeso; con el dragón, por ejemplo, más que con San Jorge. En una actividad que exige introducir una pluma en un tintero, cabe identificarse con ambos. Después de todo, no hay santo sin monstruo –por no decir nada de la afinidad de la tinta con el pulpo-. Pero aun cuando no reflejemos ni refractemos esta idea, está claro que ésta es una ciudad de peces, sea que naden, sea que se los haya pescado. Y, visto por un pez -dotado, digamos, de un ojo humano, para evitar la famosa distorsión que le es propia-, el hombre aparecería como un auténtico monstruo; no un pulpo con ocho patas, pero sí, seguramente, con cuatro. Algo, en pocas palabras, mucho más complejo que el pez. Pequeña maravilla, pues, que los tiburones se afanen tanto detrás de nosotros. Si le preguntáramos a una simple orata -ni siquiera atrapada, libre- qué piensa de nuestro aspecto, replicaría: Eres un monstruo. Y la convicción de su tono nos resultaría extrañamente familiar, como si su ojo fuese de la variedad mostaza y miel.

De modo que nunca se sabe, al moverse por estos laberintos, si se busca un objetivo o se corre detrás de uno mismo, si se es el cazador o su presa. Seguramente, no un santo, aunque tal vez tampoco un completo dragón; difícilmente un Teseo, pero tampoco un Minotauro hambriento de doncellas. La versión griega, sin embargo, suena mejor, puesto que el ganador no obtiene nada, porque el asesino y su víctima tienen relación. El monstruo, después de todo, era medio hermano del premio; en todo caso, era medio hermano de la que a la larga sería esposa del héroe. Ariadna y Fedra eran hermanas y, por lo que se sabe, el bravo ateniense las tuvo a las dos. En realidad, con la vista puesta en su ingreso por matrimonio en la familia del rey de Creta, él podía haber aceptado la misión criminal para hacerla más respetable. Como nietas de Helios, se daba por sentado que las muchachas eran puras y brillantes; sus nombres así lo sugerían. Por qué, si no, aun su madre, Pasífae, era, a pesar de sus oscuros deseos, la Cegadoramente Brillante. Y quizá cediera a esos oscuros deseos y lo hiciera con el toro para demostrar que la naturaleza desprecia el principio de mayoría, puesto que los cuernos del toro proponen la luna.

Quizás estuviera más interesada en el claroscuro que en el bestialismo, y eclipsara al toro por razones puramente ópticas. Y el hecho de que el toro, cuya genealogía cargada de simbolismo se remonta hasta las pinturas de las cavernas, estuviese lo bastante ciego como para dejarse engañar por la vaca artificial que Dédalo construyó para Pasífae en esa ocasión, es la prueba de que el linaje de ésta conservaba un puesto muy elevado en el sistema de causalidad, de que la luz de Helios, refractada en ella, Pasífae, era todavía -después de cuatro hijos (dos hermosas hijas y dos inútiles muchachos)- cegadoramente brillante. En cuanto al principio de causalidad, habría que agregar que el héroe principal de esta historia es, precisamente, Dédalo, quien, amén de una vaca muy convincente, construyó -esta vez a petición del rey- el mismo laberinto en el cual el vástago de cabeza de toro y su asesino iban a enfrentarse un día, con consecuencias desastrosas para el primero. Hasta cierto punto, todo el asunto nace del cerebro de Dédalo, especialmente el laberinto, que se asemeja a un cerebro. Hasta cierto punto, todo el mundo está relacionado con todo el mundo; el perseguidor con el perseguido, al menos. Pequeña maravilla, pues, que en sus paseos sin rumbo fijo por las calles de esta ciudad, cuya mayor colonia fue durante cerca de tres siglos la isla de Creta, uno se sienta un tanto tautológico, especialmente cuando la luz se va apagando -es decir, especialmente cuando sus propiedades pasifaicas, ariádnicas y fédricas se debilitan-. En otras palabras, especialmente por la noche, cuando uno se pierde en el desprecio de sí mismo.

En el lado más brillante hay, por supuesto, montones de leones: alados, con sus libros abiertos donde pone «La paz sea con vosotros, San Marcos Evangelista», o leones de apariencia felina corriente. Los alados, en sentido estricto, también pertenecen a la categoría de los monstruos. Dada mi ocupación, sin embargo, siempre los consideré como una forma más ágil y literaria de Pegaso, quien seguramente sabía volar, pero cuya capacidad para leer es un poco más dudosa. Una zarpa, en cualquier caso, es un instrumento más adecuado para volver páginas que un casco. En esta ciudad, los leones son ubicuos y, con el correr de los años, he ido adoptando inconscientemente este tótem, hasta el punto de poner uno en la cubierta de uno de mis libros: lo más próximo a una fachada propia que un hombre de mi oficio puede tener. Pero son monstruos, aunque sólo sea por el hecho de proceder de la fantasía urbana, puesto que ni siquiera en el cénit de su república marítima llegó la ciudad a dominar territorio alguno en que se pudiera encontrar a este animal, aun en su forma vulgar, sin alas. (Los griegos acertaron mucho más con su toro, a pesar de su linaje neolítico.) En cuanto al Evangelista mismo, murió, por supuesto, en Alejandría, Egipto -pero por causas naturales-, y nunca participó de un safari.

En general, el trato de la Cristiandad con los leones es insignificante, ya que no se encontraban en su ámbito, por vivir exclusivamente en África y, allí, en los desiertos. Esto, desde luego, contribuyó a su posterior asociación con los padres del desierto; fuera de allí, los únicos lugares en que los cristianos podían haber visto al animal, por constituir su dieta, eran los circos romanos, para cuyos espectáculos se importaban leones de las costas africanas. Su excepcionalidad -sería mejor decir su inexistencia- fue lo que desató la fantasía de los antiguos, permitiéndole atribuir a los animales diversos poderes espirituales, incluido el del comercio divino. De manera que no es enteramente insensato tener a este animal en las fachadas en el improbable papel de guardián del eterno reposo de San Marcos; si no la Iglesia, la ciudad misma podría ser vista como una leona que protegiese su cubil. Además, en esta ciudad, la Iglesia y el Estado se han mezclado, en una forma perfectamente bizantina. El único caso, debo añadir, en que tal mezcla resultó -desde bastante temprano- ser una ventaja. No hay que maravillarse, pues, de que el lugar fuese literalmente leonizado, lo que equivale a decir humanizado. Sobre cada cornisa, encima de casi cada entrada, se ve un hocico, con un aspecto humano, o una cabeza humana con rasgos leoninos. Ambos, en último análisis, calificados de monstruos (aunque de especie benévola), puesto que jamás existieron. También, por su superioridad numérica sobre cualquier otra imagen tallada o esculpida, incluidas la de la Virgen y la del propio Redentor. Por otra parte, es más fácil tallar una bestia que una figura humana.

Básicamente, el reino animal tuvo poco espacio en el arte cristiano, por no hablar de la doctrina. De modo que el orgullo local por los Felidae puede considerarse inclusive como su camino de entrada. En invierno, dan brillo al atardecer.

Una vez, en un atardecer que oscurecía las pupilas grises pero llevaba oro a las de la variedad mostaza-con-miel, la propietaria de estas últimas y yo encontramos un buque de guerra egipcio -un crucero ligero, para ser precisos- amarrado en la Fundamenta dell'Arsenale, cerca de los Giardini. No recuerdo su nombre, pero su puerto de origen era, categóricamente, Alejandría. Era una pieza sumamente moderna de quincallería naval, erizada de toda clase de antenas, radares, receptores orbitales, lanzaderas de cohetes, torretas antiaéreas, etc., además de las habituales armas de gran calibre. De lejos, era imposible decir cuál era su nacionalidad. Al acercarse un poco, cabía la confusión porque los uniformes y el porte general de la tripulación resultaban vagamente británicos. La bandera ya estaba arriada, y el cielo sobre la laguna cambiaba de burdeos al pórfido oscuro. Cuando nos maravillábamos ante la naturaleza de la misión que había traído hasta aquí aquel buque de guerra -¿necesidad de reparaciones?, ¿nuevas relaciones entre Venecia y Alejandría?, ¿la reclamación de la sagrada reliquia robada a la última en el siglo XII?- sus altavoces cobraron vida súbitamente y oímos: «¡Alá! ¡Akbar Alá! ¡Akbar!». El muecín llamaba a la tripulación a la plegaria de la tarde, convirtiendo momentáneamente los dos mástiles del barco en minaretes. Inmediatamente el crucero adquirió el perfil de Estambul. Sentí que el mapa se había plegado de pronto o el libro de historia se había cerrado. Al menos, que se había abreviado en seis siglos: la Cristiandad ya no era el amo del Islam. El Bósforo se solapaba con el Adriático, y no se podía decir a cuál pertenecía cada ola. Poco que ver con la arquitectura.

En las tardes de invierno, el mar, llevado por un terco viento del este, llena todos los canales hasta el borde como una bañera, y a veces los desborda. Nadie sube los escalones corriendo y gritando «¡Los desagües!» porque no hay desde dónde subir. La ciudad está en el agua hasta los tobillos, y las embarcaciones, «amarradas como animales a los muros», para citar a Casiodoro, bailan. El zapato del peregrino, que ha probado el agua, se está secando encima del radiador de su hotel; los nativos se zambullen en sus armarios para pescar su par de botas de goma. «Acqua alta», dice una voz por la radio, y el tráfico humano disminuye. Las calles se vacían; tiendas, bares, restaurantes y trattorias cierran.

Sólo sus carteles continúan iluminados, para ejercer, finalmente, su acción narcisista cuando el pavimento, brevemente, superficialmente, alcanza el nivel de los canales. Las iglesias, no obstante, permanecen abiertas, pero andar por el agua no es nada nuevo para los sacerdotes ni para los parroquianos; ni para la música, gemela del agua.

Hace diecisiete años, vagando sin rumbo por un campo tras otro, un par de botas de goma verdes me llevó hasta la entrada de un edificio rosa, más bien pequeño. Vi en la pared una placa en la que se leía que Antonio Vivaldi, nacido prematuramente, había sido bautizado en aquella iglesia. Por entonces, yo era todavía razonablemente pelirrojo; me puse sentimental con la idea de visitar el lugar del bautismo de aquel «clérigo rojo» que me había dado tanta alegría en tantas ocasiones y en tantos rincones del mundo dejados de la mano de Dios. Y me pareció recordar que había sido Olga Rudge la organizadora de la primera settimana Vivaldi en esta ciudad -y así era, pocos días antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial-. Tuvo lugar, me dijo alguien, en el palazzo de la condesa Polignac, y la señorita Rudge tocó el violín. Al promediar la pieza, advirtió por el rabillo del ojo que un caballero había entrado en el salone y estaba de pie junto a la puerta, puesto que todos los asientos se encontraban ocupados. La pieza era larga, y ella se sentía algo preocupada, porque se aproximaba un pasaje en que debía volver la página sin interrumpir la ejecución. El hombre que tenía en el rabillo del ojo inició un movimiento y pronto desapareció de su campo de visión. El pasaje se hallaba cada vez más próximo, y su inquietud se iba haciendo más intensa. Entonces, exactamente en el punto en que debía volver la página, una mano surgió por su izquierda, se extendió hasta el atril y giró lentamente la hoja. Ella siguió tocando y, cuando el pasaje difícil hubo terminado, levantó los ojos y miró a su izquierda para expresar su agradecimiento. «Y así», le contó Olga Rudge a un amigo mío, «fue como conocí a Stravinsky.»

De modo que se puede entrar y permanecer allí durante los oficios. El canto sonará un poco apagado, presumiblemente debido al clima. Si uno es capaz de disculparlo en esa forma, otro tanto, sin duda, hará su Destinatario. Además, no lo puede seguir bien, ya sea en italiano o en latín. Así que es mejor quedarse de pie o sentarse atrás y escuchar. «La mejor manera de oír misa», solía decir Wystan Auden, «es cuando no se sabe el idioma.»

Ciertamente, en tales ocasiones, la ignorancia no ayuda menos a la concentración que la pobre iluminación que los peregrinos sufren en todas las iglesias de Italia, especialmente en invierno. No es elegante echar monedas en una caja de iluminación durante el oficio. Es más: rara vez se tienen en el bolsillo las suficientes para apreciar correctamente la imagen.

Hace siglos, yo llevaba una poderosa linterna eléctrica, del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York. Una forma de enriquecerse, se me ocurrió, sería mediante la fabricación de flashes, como los de las cámaras fotográficas, en miniatura y de larga duración. Yo los llamaría «flashes de acción prolongada» o, aún mejor, «Fiat Lux», y en un par de años me compraría un apartamento en algún rincón de San Lio o la Salute. Hasta me casaría con la secretaria de mi socio, secretaria que no tiene porque él no existe... La úsica disminuye; su gemela, no obstante, ha crecido, se descubre al salir; no significativamente, pero sí lo bastante como para sentirse compensado por la coral que se desvanece. Porque el agua también es coral en más de un sentido. Es la misma agua que ha llevado a los cruzados, a los mercaderes, las reliquias de San Marcos, a los turcos, y toda suerte de navíos, de carga, militares o de placer; sobre todo, ha reflejado a cuantos vivieron jamás, por no mencionar a cuantos se quedaron, en esta ciudad, cuantos anduvieron o vagaron por sus calles tal como uno lo hace ahora. Es una pequeña maravilla que se vea de un verde lodoso durante el día, y de un negro profundo por la noche, rivalizando con el firmamento. Un milagro que, habiendo pasado por ella el buen camino y el mal camino durante más de un milenio, no tenga agujeros, que aún sea H2O, aunque uno no la beba nunca; que todavía suba. Realmente se parece a las hojas de música, raídas en los bordes, constantemente ejecutadas, que nos llegan en mareas de partituras, en compases de canales con innumerables obbligati de puentes, ventanas con parteluz o supremos encorvados de catedrales de Coducci, por no mencionar los cuellos de violín de las góndolas. En verdad, la ciudad toda, especialmente de noche, semeja una gigantesca orquesta, con los atriles a media luz de los palazzi, con un turbulento coro de olas, con el falsetto de una estrella en el cielo de invierno. La música es, por supuesto, más grande que la banda, y ninguna mano puede volver la página.

Eso es lo que preocupa a la banda, o, más exactamente, a sus directores, los padres de la ciudad. Según sus cálculos, esta ciudad, en lo que va de siglo, únicamente se ha hundido veintitrés centímetros. Lo que parece espectacular a los turistas, representa un descomunal dolor de cabeza para los nativos. Y si no fuese más que un dolor de cabeza, sería aceptable.

Pero el dolor de cabeza se corona con una creciente aprensión, por no decir miedo, de que el destino de la Atlántida aguarde a la ciudad. Ese miedo no carece de fundamentos, y no sólo porque la excepcionalidad de la ciudad alcanza el nivel de una civilización propia. Se comprende que las mareas altas del invierno constituyen el principal peligro; el resto lo hacen la industria y la agricultura del continente que envían a la laguna, en aluvión, sus desperdicios químicos, y los propios canales urbanos obstruidos. En mi oficio, sin embargo, desde los románticos, el defecto humano parece haber sido un culpable más probable, cuando se llega al desastre, que cualquier forza del destino. (Que un agente de seguros distinga entre las dos cosas es una verdadera hazaña de la imaginación.) Así, presa de impulsos tiránicos, yo instalaría alguna especie de compuerta para detener el mar de la humanidad, que ha crecido en las dos últimas décadas en dos mil millones y cuyo blasón son sus desperdicios. Congelaría la industria y la residencia en la zona de treinta kilómetros a lo largo de la costa norte de la laguna, depuraría y dragaría los canales de la ciudad (utilizando para llevar a cabo esta operación a los militares, o pagando extra a empresas locales) y sembraría en ellos peces y bacterias del tipo adecuado para mantenerlos limpios.

No tengo idea de qué clase de peces o de bacterias son ésos, pero estoy bastante seguro de que existen: la tiranía rara vez es sinónimo de pericia. De todos modos, llamaría a Suecia y pediría consejo al ayuntamiento de Estocolmo: en esa ciudad, con toda su industria y toda su población, en el momento en que uno sale del hotel, el salmón salta del agua para saludarlo. Si ello es efecto de la diferencia de temperatura, entonces se podría probar arrojando bloques de hielo en los canales o, en caso de faltar éstos, adoptaría la rutina de quitar los cubos de hielo de los congeladores de los nativos, puesto que el whisky no está muy de moda aquí, ni siquiera en invierno.

Traducción de Horacio Vázquez Rial


Abel Prieto, y muestra de género

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No es revanchismo. Ni odio. Ni es rencor.

Es una cuestión meramente archivística. Y hasta estética.

Este ciudadano que habla aquí abajo blasonará mañana de novelista y ensayista. De progresista.

«Schindler» se querrá tatuar en la frente para aparecer en periódicos y televisiones. Me lo imagino con columna en periódico social-demócrata de la Cuba postcastrista.

Guárdese, sin embargo, esta imagen, ya que no tendremos al protagonista filmado en foros más íntimos, censurando a placer, pisoteando, parametrando, condenando al silencio.

Llegará el día en que los de youtube recibirán miles de peticiones desde La Habana para que borren este video y el otro y el de más allá. Será apoteosis.

Habrán quemado estos sujetos los archivos propios para salvarse, pero la Internet, ay, la Internet guarda cada cosa…

Estos videos, por ejemplo. Para recordar mañana lo que decían estos progresistas sobre el avance de la vulgaridad.

Guárdense estas imágenes.

¿Con afán rencoroso?

No, no: guardémoslas para la risa. O para sonrisa torcida. O siquiera para ilustrar a los escolares acerca de la utilidad de mantener cerrados los botones de la camisa, salvo cuando se trata de mostrar el género .

 

Vietnam regala a Cuba 3000 toneladas de arroz. A precio de mercado son entre 850.000 y 900.000 dólares, sin contar el coste del flete.

Pero la semana pasada había en la patria del Tío Ho cinco barcos cargando 65.900 toneladas de arroz con destino a Filipinas y Cuba. Aun sin saber cuántas toneladas van para Manila y cuántas para La Habana, uno tiene la sensación de que las 3000 regaladas son, por generoso que sea el dispendio, una suerte de muestra de género.

 

Elecciones, primera vuelta.

Los ucases fueron los de siempre: 1) movilizar a todo elector que dé señales de vida, por débiles que sean. De ahí que hasta Nosferatu votara; 2) dar por válido todo voto que no sea manifiestamente inválido; así, en las boletas tachadas con una cruz, adjudicar el voto a alguno de los candidatos…

Aun así, y atendido lo dicho aquí sobre la coerción a los electores, esto es lo que hay.

Entreténgase después quien quiera con disquisiciones acerca de si el vaso está medio vacío o medio lleno.