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Política, literatura, medios

Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

Foto: © Laura Ceccacci

Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

 

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Tristán de Jesús Medina

Tristán de Jesús Medina

Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
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Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

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La lengua de los peces

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Ningún poema de Ramón Fernández Larrea admite que se lo lea de prisa o se lo pase por alto. Este en particular, que me ha “regalado”, y a los lectores de El Tono de la Voz, a partir de larga conversación que mantuvimos hace unos días sobre, en palabras de Ramón, “esa peregrina disposición que tenemos los seres humanos para juzgar, catalogar, separar, escindir, escoger, apartar, discriminar y señalar a los demás”, merece lectura atenta.

Fernández Larrea, nadie lo duda, es uno de los poetas más significativos del final del siglo XX cubano. A quien crea que ya lo leyó allá por los ochenta, le recomiendo vuelva a hacerlo. Hay poetas que no se agotan, ni nos agotan. Más bien, todo lo contrario, se crecen y enardecen.

Linkgua, magnífico proyecto editorial con sede en Barcelona, publicó una muy buena antología de su obra publicada en Cuba y el exilio: Nunca canté en Broadway

LA LENGUA DE LOS PECES

cuando me pongo el rostro y salgo al escenario
pienso que hoy puede ser por qué no por qué no
el amanecer trae ramitas dispersas
caca de perro un insomne que pasa
erizado de penas desde el hígado abajo

desde que el primer hombre dijo tú no tú sí
aquel no viene junto a mí usted que no se acerque
desde que alguien levantó como una lanza un dedo
como una lanza su palabra para cortar
como una lanza que echa sangre por sus nudos
tiemblo cuando amanece me ilumino
lleno de un dulcísimo terror

el terror es dulce a veces tiene un rostro
como de los que desaparecieron se disfraza
de madre padre hermano en la llovizna

el terror se mastica
alimenta
a extensiones humanas enteras
a manadas de sombras

el terror tiene pies sobre el techo
hace que se nos seque la abuelita
el perro gira sobre invisibles alimañas
se mira con cuidado la pared
y el búcaro y la manta de cuadros
y la cuchara que gime en el mueble amarillo
y el césped tiene un tono sospechoso
alimentado por el rocío del miedo
y la palabra es alambique
duende segado por las aspas
culebra con el pellejo que se deshace en las manos

desde que el hombre destinó los ojos a otra cosa
que no fuera la espléndida belleza del mar
y fueron su objetivo los que se alejan los que llegan
con ese ojo que parece el dedo que rasca
bajo la piel de la palabra ajena
el terror se nos puso rozagante
se introdujo en rosados muchachitos
se instaló en los cristales de la lámpara
y la ventana no fue otra cosa que un espejo

una celda dentro de otra celda mayor
y detrás otra celda
y otra celda
y otra
donde rechina el alma mía
que ya no es de este mundo.

Ramón Fernández Larrea
Viernes Santo, 25 de marzo de 2005, Barcelona


Lapsus

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En Trabajadores, dice la entradilla:

“Casi al final de la conversación Chávez le aseguró a Sean Penn que cuando Fidel se enterara de que habló con él durante siete horas, él líder de la Revolución cubana se aseguraría de concederle siete horas y media cuando regresara a Cuba”

Cuando, constátese, en realidad esas palabras se las dijo Raúl Castro:

“Cuando salimos de su despacho seguidos por el personal, el Presidente Castro me acompaña en el ascensor hasta el vestíbulo y viene conmigo hasta el coche que me espera. Le doy las gracias por la generosidad de su tiempo. Cuando el chófer arranca el motor, el presidente da unos golpecitos en la ventanilla de mi lado. Bajo el cristal mientras que él mira su reloj y se da cuenta de que han pasado siete horas desde que iniciamos la entrevista. Sonriendo, dice:
–Ahora voy a llamar a Fidel. Te lo prometo. Cuando Fidel se entere de que he hablado contigo durante siete horas se asegurará de concederte siete horas y media cuando regreses a Cuba.”

Curioso lapsus clavis. Curioso de veras.

 

Pedro Juan Gutiérrez editado por el inefable Mauricio Vicent:

"Es una barbaridad: sé de casos en que le han echado un año de cárcel a alguien por vender unos cartones de huevos".

Y más adelante:

"Confía en la voluntad del Gobierno de Raúl Castro en impulsar los cambios, pero advierte: "No se puede hacer una tortilla sin romper huevos"."

 

De mi mascota preferida, Aleida Guevara, en entrevista gruñida a Público (atiéndase a la foto que tiene un aire a la Leibowitz: da una suerte de híbrido de Churchill y Mercedes Sosa que me recordó el nombre de un blog cubano: "Cabeza de puerco ilustrado". Por cierto, la fotografía fue tomada en la residencia del embajador de Cuba en Madrid):

"¿Cuál es su concepto de la libertad?

Es sentirme con derecho de decir lo que pienso y me lo tengan en cuenta. Cuando no tengo miedo a mi enemigo, por muy poderoso que sea, y me intente aplastar porque yo tengo la razón. Esa es la libertad de la que disfrutamos en Cuba. Creo que es uno de los países más libres del mundo por no decir el más libre."

Pregunta más abajo:

"¿Y la dureza contra la oposición cubana?

Todos cometemos errores. Muchas veces por temor al enemigo nos hemos equivocado. Eso es pésimo para nuestra sociedad. Por eso tenemos que resolver esos problemas y en eso estamos trabajando."


España: crisis e inmigración latinoamericana + Defecar sobre el Granma

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Otros desafíos de España

JORGE FERRER

Hasta hace poco, dos y dos eran cuatro para la economía española, pero cuatro y dos dejaron de ser seis cuando el tan elogiado milagro económico español se desinfló. El gobierno socialista que preside José Luis Rodríguez Zapatero enfrenta ahora una coyuntura que si bien es común a otras economías del primer mundo, se agrava también con algunas particularidades que van a requerir maniobrar con extrema cautela en dos materias sólo distantes en apariencia: la política de inmigración y las relaciones internacionales.

Al margen, pues, de las reformas que la desaceleración a la que asiste la economía mundial impone a los mercados, más allá de los reajustes a las prácticas y la doctrina que rigen el sistema financiero, las políticas de regulación y control público sobre instituciones de crédito, mercados y organismos internacionales, Madrid es un jugador obligado a moverse en dos canchas simultáneas. De la habilidad con que consiga sortear con éxito partida tan azarosa dependerá en buena medida el rostro de la España que saldrá de la crisis.

Por una parte, La Moncloa ha de atender sus compromisos con el conjunto de primeras economías del mundo donde ha conseguido situarse ayudada por la extraordinaria proyección internacional de su banca y el desempeño de un puñado de grandes empresas que han sabido encaramarse a puestos cimeros en el escalafón de la economía mundial. Por otra parte, España ha de ser consecuente con una estrategia diplomática y comercial que ha querido situarla como puente entre Latinoamérica y Europa. Una política que le ha dado cuantiosos réditos a su economía y que ha llevado aparejado un extraordinario atractivo de España para los inmigrantes de Latinoamérica que han llegado a la península en número creciente a lo largo de la última década en lo que ha constituido una sacudida de su hasta hace poco estable paisaje demográfico que quien haya frecuentado Madrid o Barcelona durante estos años ha podido constatar sin esfuerzo.

El arribo a España de esa nutrida inmigración latinoamericana que suma, según estimados, algo más de dos millones de personas --ecuatorianos, colombianos, argentinos y bolivianos estarían entre los contingentes más numerosos-- ha jugado, y aún juega, un doble papel en la marcha de la economía española: ha servido para aportar mano de obra que alimentara una economía en expansión y, consecuentemente, significó un respiro a los crecientes costes de la seguridad social en un país que envejece.

Una situación en la que todos parecían ganar. Ganaba la salud de las cuentas públicas españolas, ganaban las economías deficitarias de los países de Latinoamérica bendecidas por el constante flujo de remesas desde la península. Se beneficiaban, por fin, cientos de miles de latinoamericanos que se establecían en España ganando un presente para sí mismos y un futuro para sus hijos, sin depender de los vaivenes políticos y económicos que sacuden a sus países de origen.

¿Qué hacer, sin embargo, cuando el mercado de trabajo español se contrae veloz y drásticamente? ¿Cómo abordar la conflictividad social generada por el desempleo que afecta a largos millares de esos inmigrantes llegados a una tierra de promisión que ahora es tierra quemada por incendio que aún se guarda sus más hirientes lenguas de fuego? Cuando la fiesta española se ha acabado, como decía en reciente edición el semanario The Economist, y se han borrado las sonrisas de los rostros, ¿cómo gestionar la permanencia de largos millares de inmigrantes desprovistos de empleo, pero parcialmente arraigados ya en el país?

Por consciente que pueda ser ya por fin el ejecutivo socialista de los nubarrones que se ciernen sobre España y amenazan con descargar rayos y centellas sobre el país el próximo año, no parece que se haya tomado con la debida seriedad el reto sociológico que plantean esas masas de inmigrantes latinoamericanos desprovistos de sustento y pronto de techo. La propuesta de ofrecerles el pago de las cuotas del subsidio de desempleo a cambio de que abandonen el país y ''no vuelvan más por aquí'' ha puesto en evidencia que en La Moncloa tienen tanta imaginación como carecen de sentido de la oportunidad. Y del ridículo.

Ahuyentar el fantasma de la xenofobia, siempre tan presta a manifestarse cuando la economía renquea, y evitar que la merma en el envío de remesas desde España agrave aún más la situación en Latinoamérica y ponga en entredicho la voluntad española de gestionar con generosidad y eficacia el legado poscolonial podrían parecer asuntos secundarios vista la pavorosa coyuntura que enfrenta el ejecutivo de Zapatero. Distan de serlo, porque ante los desafíos que enfrentamos hay que cuidarse bien de ver tanto los árboles como el bosque, y sobre todo conviene evitar cualquier gesto que se asemeje a la tala.

"Otros desafíos de España" aparece publicado en la edición del día 26 de noviembre de 2008 en el diario El Nuevo Herald.

 

UPDATE:

Durante la inauguración de la exposición El objeto esculturado en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales el 4 de mayo de 1990, Ángel Delgado realizó una célebre performance, “La esperanza es lo último que se está perdiendo”, que consistió en defecar sobre el diario Granma.

En reciente entrevista producida por Ofill Echeverría, Ángel Delgado narra las circunstancias de la performance y su posterior encarcelamiento por seis meses.


Los “viejitos cubanos”

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Uno de los comentarios al post que subí aquí hace un par de días y que titulé Miami(s) –título facilón de esos que se le escapan a uno cuando tiene que titular un texto a diario, y a veces más de uno- decía:

“Aleccionador el post, sobre todo si se desea olvidar el mal que se llama Cuba. ¡No ir a Miami es la solución! Salud.”

Lleva la firma de "Cristina García", una de esas lectoras que justifican sobradamente trabajar en uno de estos espacios donde quien escribe se la juega a diario. Quien quiera que sea "Cristina García", como tantos otros lectores, me obliga a hilar cada vez más fino en la rueca que pare los párrafos que escribo para subir aquí. (Pero ese es otro tema, el de la manera en que la reacción inmediata y libre de los lectores obliga a quien escribe.)

Si reparé en ese comentario en particular y lo comento ahora yo mismo aquí arriba en eso que uno llamaría pedantemente “el cuerpo del post” es porque resume de manera concisa y con saludable ironía una pulsión a la que muchos exiliados cubanos nos rendimos con frecuencia, yo mismo lo hago consciente o, las más de las veces, inconsciente, espontáneamente: repudiar a Cuba, blasonar de ser poscubanos o excubanos, denunciar a Cuba como una suerte de mal irremediable. Huidos de la isla e instalados en lugares distantes y, por decirlo rápido, más confortables, y amigos del orden democrático o civil en el que ahora vivimos, nos rendimos al deporte del denuesto: Cuba, puah: ¡Qué fea y que mala es Cuba!

No se trata de un fenómeno nuevo ni mucho menos. La historia del siglo XX cubano conoce otros episodios en los que la desazón que provoca la Cuba desastrada y maltrecha –uso a propósito una palabra tan propia de esos discursos- mueve a la exaltación de la “cubanidad negativa”, al pesimismo, a la pose nihilista. Y es notable la manera en que el “esas no son cubanas” de antaño se ha ido convirtiendo en un “yo no soy cubano” muy a tono con los ánimos posnacionales de un mundo con fronteras porosas e identidades híbridas.

No va a ser ahora que ahonde en ese asunto. Es materia que requiere de afanes que me cojan más reposado que a estas horas y tras ingesta pantagruélica en The Fish House, en la milla 102 de la US1.

Pero sí quiero anotar, aun a expensas de que quien firma “Cristina García” me vapulee por, dirá, cursi, que conozco un ejercicio que incluso a alguien que como yo ha vivido apenas cuatro años de su vida adulta en Cuba le sirve para reconciliarse con ese país por muy difícil que nos lo ponga su historia, la pasada y la presente.

¿Que cómo se llama esa medicina? Tiene nombre fácil y que evoca tristeza. También veneración. Se llama “Viejitos cubanos”. Los “viejitos” de nuestro exilio. Ese es el fármaco que me administro cada vez que vengo al sur de la Florida. Los “viejitos” anónimos. Escucharlos, discutir con ellos sobre Cuba, su paisaje, su música, sus letras, su historia. Revolver sus recuerdos y sus papeles, sus libros y sus discos. Compartir un tamalito y un proverbio, un güisquicito y una melodía, una sopita de pollo en el Versailles y el relato de una juventud de la que nos separa más de medio siglo. Sin proponérselo, esos "viejitos cubanos" nos devuelven a un espacio nacional.

En definitiva, “Cristina García”, todos somos de alguna manera “viejitos cubanos”. Por lo menos, es seguro que lo seremos mañana.


España y Cuba: política y símbolos

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En torno a la política hacia Cuba del ejecutivo español, Luis Manuel García me ha ofrecido este artículo magnífico para los lectores de El Tono de la Voz. Una cortesía que le agradezco. Claridad y mucha claridad. Si de luz se tratara, en lo que sigue hay para dar y repartir.

La política y los símbolos

Por Luis Manuel García Méndez

José Blanco, el número dos del gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE), efectuó entre el 6 y el 7 de noviembre una visita oficial a Cuba con un mensaje "de apertura" para sus anfitriones del Partido Comunista (PCC), “de mirar al futuro, de dar pasos, de ir avanzando". A su regreso, declaró que tras “un diálogo abierto y franco, hablar sin tapujos de todos los temas” y encontrar “comprensión y receptividad", se lleva “una lectura moderadamente positiva” de su visita. El PSOE asegura que nadie de la oposición solicitó a Blanco una reunión. Sólo el portavoz del Partido Arco Progresista, Manuel Cuesta Morúa, a solicitud propia, pudo hablar por teléfono con el señor Blanco antes de su regreso a España.

Una semana más tarde, la secretaria de Estado para Iberoamérica, Trinidad Jiménez, dijo que se mantiene un "diálogo inalterable" con la oposición cubana, y el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, se mostró a favor de la renegociación de la deuda de Cuba a través de la concesión de créditos.

La nueva política hacia la Isla propuesta a la Unión Europea por el ministro Moratinos en nombre del gobierno español es “acercamiento y diálogo”, "confianza, apertura y voluntad de trabajar con las autoridades cubanas”, en contraste con la anterior, de “dudosa utilidad práctica”. Se trata de “recuperar un nivel adecuado de interlocución con las autoridades cubanas”, aunque también una “relación más provechosa con la disidencia y con toda la sociedad cubana”. “Con todos y para el bien de todos”, diríase.

Entre las políticas que fueron implementadas en 2003 —y que según un editorial de El País “no han servido para nada o incluso han producido resultados indeseados”— estuvo invitar a los disidentes a los actos en las embajadas europeas, para subrayar el deseo de un diálogo multipolar con el pueblo cubano, no aceptar como único interlocutor al Gobierno. Aunque las embajadas cubanas suelen invitar, sin represalias de los gobiernos locales, a activistas y organizaciones antisistema, la respuesta de La Habana fue prohibir a sus funcionarios asistir a actos donde algún virus disidente pudiera contaminarlos.

Europa también recortó la cooperación cultural —grave error, al hacer más claustrofóbica la vida a una población para la cual cada intercambio, cada ventana, es una pequeña bocanada de libertad—. Y derivó la cooperación hacia instituciones no gubernamentales, minando el monopolio de legitimidad del Gobierno cubano.

Fidel Castro, como de costumbre, subió la parada: bloqueó las líneas de comunicación con los diplomáticos comunitarios, tildó a Europa de neocolonia norteamericana, insultó a sus mandatarios y rechazó toda cooperación, con la garantía de que ello sólo afectaría a la población cubana, que aplaudiría frenética el derroche de dignidad de su máximo líder.

Desde el advenimiento a España de la democracia, las diferentes presidencias han intentado favorecer una transición democrática en Cuba y paliar en lo posible su estado de penuria crónica. La actual no es la excepción. Partiendo de esa premisa, ¿qué pueden hacer España y Europa para promover la democratización cubana?

Ante todo, reconocer que no está en sus manos (ni los cubanos deseamos que esté en sus manos, sino en las nuestras) cambiar el status quo en Cuba. Tener clara entonces la noción de sus propias limitaciones y de que las políticas adecuadas comienzan por comprender que están lidiando con una de las dictaduras más absolutas y unipersonales de que se tienen noticias, dispuesta desde hace 50 años (y los que queden) a cualquier sacrificio (del pueblo cubano) por conservar el poder. De esa adicción son rehenes los habitantes de la Isla, cuyo destino está siempre sujeto a modificaciones sin previo aviso.

De modo que quien diseñe la política europea deberá hacerlo no hacia esa entelequia que es Cuba —existe como Nación, sin dudas, y sus fronteras rebasan la geografía de la Isla, pero el “gobierno de Cuba” es apenas un seudónimo—, sino hacia Fidel Castro, quien dicta políticas desde sus “Reflexiones”, algo en que podría serle más útil a Europa la asesoría de siquiatras que de politólogos, y considerar que él no retrocederá ante presiones que afecten a su pueblo, castrado de voz y voto. Aunque sí se interesa por la opinión pública mundial y por su papel en la política planetaria —protagonismo desmedido, megalomanía y una vanidad digna de estudio—. De ahí su recurrente discurso juvenil, libertario y redentor de los pobres, de denuncia sin soluciones, evidente en un larguísimo mandato que ha multiplicado la pobreza y podado las libertades.

En la Isla, él es Cuba y viceversa. Y la disidencia es, por definición, anticubana al ser anticastrista y, por carácter transitivo, proyanqui. La UE deberá tener presente que él jamás aceptará la existencia de una oposición respetable, jamás concederá el rango de adversario político a un conciudadano, condenado al estatus de súbdito. Un disidente es definido como mero instrumento del único enemigo que él ha elegido, porque su estatura confirma la propia: Estados Unidos de Norteamérica.

Quien diseñe la política exterior española, no importa de qué partido sea, si verdaderamente desea favorecer la floración de la Cuba próspera y democrática de mañana, deberá considerar que Fidel Castro y su sucursal, Raúl, no son sus aliados en ese empeño, sino el obstáculo a superar. Pero hay dos terrenos en los cuales sí puede hacer mucho la UE por los cubanos: la representatividad y la legitimidad. Dado que hoy el líder monopoliza toda la legitimidad y la representatividad que correspondería a los trece millones de cubanos, la UE deberá continuar haciendo patente que Cuba, aunque esté condenada a no serlo, es un país normal donde existen múltiples interlocutores representativos y legítimos: el Gobierno, la oposición, la sociedad civil, las iglesias, etc. De ese modo, no sólo se mina el monopolio simbólico del poder, sino que se otorga visibilidad a esos actores, lo cual, en cierta y muy precaria medida, los preserva de la represión. Derogar esos monopolios de representatividad y legitimidad, reconocer la horizontalidad de la sociedad cubana, ha sido uno de los mayores logros de la posición común. Un logro, claro está, que tiene un costo político y económico, dada la discrecionalidad insular en el tratamiento a los inversionistas.

Si España desea modificar la política europea, por ser de “dudosa utilidad práctica”, en favor de una más efectiva, antes debería recordar que ni el embargo ni las concesiones conseguirán que el gobierno ceda un ápice de su poder a la democratización de la Isla, y que frente a una dictadura que cuenta como rehén a un pueblo entero, toda política es de “dudosa utilidad práctica”. Si el propósito es comprar con “suavidad” la liberación de los presos políticos, vale recordar que en Cuba hay unos 300, ninguno de los cuales ejecutó una acción violenta, y que los pocos que han abandonado las prisiones han recibido “licencias extrapenales”, un espléndido eufemismo: excarcelaciones reversibles que pueden ser derogadas si el disidente “licenciado” incurre de nuevo en la ira del Señor. Las “licencias extrapenales” no son materia del código penal, sino de la voluntad divina.

Por eso las únicas políticas efectivas son las simbólicas: distribuir equitativamente legitimidad y representatividad, antídoto contra el monopolio simbólico del poder.

No puede decirse hoy que los Castro gobiernen por consenso, como sucedió durante los primeros años, ni contra una mayoría abiertamente opositora, sino sobre una multitudinaria resignación, sobre un compás de espera en equilibrio inestable, pero especialmente sobre un caudal simbólico que opera como reafirmación de poder, rompeolas contra la subversión e incluso instrumento de legitimación desde la óptica machista y caudillera. El caudillo ganó el poder a tiros —si quieren tumbarlo, que tengan cojones de sacarlo a tiros, solían afirmar sin sonrojarse los fidelistas recalcitrantes—; culminó la insurrección “milagrosamente” intocado por las balas; ha (hemos) resistido las presiones de Estados Unidos; sobrevivió al Oso Misha, dueño de los cohetes; exportó tropas victoriosas a los cuatro vientos (las derrotas han sido pudorosamente ocultadas); sobrevivió a cientos de atentados fraguados por la CIA; ha dejado a su paso una recua de hijos; el caudillo no duerme, dirige despierto sus propias intervenciones quirúrgicas; todo lo ve y lo sabe; la humanidad lo ama; Cuba era una Isla desdeñable hasta su advenimiento. En fin. De modo que cualquier erosión de ese universo simbólico, de ese monopolio de la legitimidad, es un adoquín del camino hacia una legitimidad equitativamente distribuida entre todos los cubanos.

Ese caudal simbólico no es mero adorno para su vanidad. Es una póliza de seguro del poder, gracias a su efecto disuasorio sobre cualquier idea subversiva, condenada al fracaso por el ojo omnividente. En contraste con esa publicidad unívoca, sus oponentes externos juegan en desventaja. Están sujetos a la opinión pública, a la oposición, a los electores y a una prensa diversa y respondona.

De acuerdo a esa lógica perversa, una derogación, una dulcificación o un retroceso en la posición común de la UE, además de todo lo que puede significar en términos de tácita aceptación del actual status quo, será interpretado por él, de cara a su público, como falta de consistencia y confirmación, no de que la política anterior era inútil, sino de que era injusta. Ahora que los europeos han entrado por el aro, dirá con énfasis de perdonavidas, los recompensaré haciendo más dulce para sus empresarios el clima del Caribe, seré más simpático con sus diplomáticos y no los escupiré en mis “Reflexiones”.

Los intocables de la disidencia vuelven a ser atendidos de lunes a viernes, en horario de oficina, por la trastienda.

Es muy posible que esa “rectificación” europea impulsada por España consiga la libertad de un manojo de prisioneros —quedarán muchos en las cárceles y muchísimos más por apresar, moneda para futuras transacciones, en esa gigantesca cantera de humanos sin derechos—; complacerá al empresariado que, en contubernio con un Estado que trafica sin pudor con la mercancía “cubanos”, recluta mano de obra cautiva mediante contratos de trabajo que en Europa serían constitutivos de delito; entusiasmará a los sobrevivientes de una izquierda cretácica que defiende para los nativos de la Isla, con un fervor colonial, una dictadura que se cuidan mucho de pedir para los europeos en sus mítines electorales, y, desde luego, suavizará el intercambio de Europa con La Habana.

Mientras, la sociedad civil, esa Cuba embrionaria del día después, sin dudas la única Cuba con futuro —algo que deberán tener en cuenta los políticos europeos de hoy y, sobre todo, los de mañana—, sabrá que se encuentra, de momento, más sola.